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miércoles, 20 de marzo de 2013

En el cine porno gay

Me era imposible no sentirme así. Cada vez que acudía a los vestuarios a ducharme luego de ejercitar en el gimnasio, me agarraba una calentura al ver los cuerpos desnudos de los hombres habitúes del lugar, bañándose y paseándose sin ropas cerca de mí.

Nunca me atreví a hacer nada ya que ahí me conocen, por lo que un día decidí mitigar mi excitación en un cine porno gay cercano, de esos que por suerte abundan en Buenos Aires.

Después de pagar mi entrada, entré a la sala y me acomodé por el medio, en una butaca que daba al pasillo. Había pocas personas porque todavía no empezaba la película, pero ni bien rodó el film, comenzaron a aparecer los primeros morbositos del porno.

La trama no era nada interesante. Se trataba de unos hombres (al parecer militares; algunos jóvenes y otros maduros) que charlaban sentados en unos sillones. Al principio no pasaba nada, transcurrieron varios minutos hasta que se inició la acción.

Fue en ese momento que entró a la sala del cine un muchacho, de unos 25 años, algo robusto, que se paró al lado mío. Tras estar parado unos minutos, se acercó, extendió una mano para acariciarme el bulto sobre el pantalón, y luego se sentó a mi lado. Me bajó el cierre de los jeans, me sacó la pija afuera masturbándome y besándome lentamente. Yo también saqué su verga y lo empecé a pajear, mientras el pasaba su mano por mis nalgas.

Como la posición en la que estábamos era poco confortable, me ofreció que fuéramos atrás de todo para que estuviéramos más cómodos, a lo que contesté que sí.

Una vez parados en el fondo, nos sacamos las ropas y comenzamos a apretar y a besarnos con lujuria, ante la mirada de los pocos concurrentes. La película, por supuesto,  era lo de menos…

Así seguimos con la calentura in crescendo, pajeándonos mutuamente y besando nuestros pezones, tocando cada una de nuestras partes. Yo me agaché levemente, apoyando mi torso sobre el respaldo de un asiento, mientras él me metía un dedo ensalivado en el culo. Entonces me paré, y me puse de frente contra la pared, ofreciendo toda la parte trasera de mi cuerpo a su disposición. No daba más… quería que me la ponga en ese instante. Él frotaba su pija contra mi cola, en tanto yo me meneaba brindando el orto para que fuera suyo. Así estuvimos un rato hasta que le pregunté si tenía un preservativo… y me dijo que no. Yo tampoco tenía, por lo que lo de la penetración quedó cancelado.

Estuvimos un rato más franeleando, y el me pajeó hasta que mi verga eyaculó tirando varios chorros de leche. Yo también lo masturbé, haciéndolo acabar todo ese semen acumulado en la calentura.

Con nuestras excitaciones ya saciadas, nos vestimos, nos saludamos, y cada uno se fue por su lado. Llegué a mi casa con la agradable sensación de haber calmado mi placer.

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